Rafael Orozco

La figura de Rafael Orozco Flores (Córdoba, 1946-Roma, 1996) y su arte pianístico, vivo en la abundante discografía que nos legó y en la memoria colectiva de varias generaciones de melómanos, representa uno de los principales hitos en la historia del pianismo español y un referente obligado al estudiar el piano de nuestra época. En efecto, muy pocos han sido los pianistas españoles de los siglos XIX y XX cuya universalidad les convirtiera en timbre de gloria de la música española.

Destacado representante de esa irrepetible generación pianística surgida entre los nacidos en la década de los cuarenta del pasado siglo, y en la que figuran los nombres de Maurizio Pollini, Martha Argerich, André Watts, Nelson Freire, Murray Perahia o Radu Lupu, entre otros, Rafael Orozco fue aclamado en los centros musicales más importantes del mundo, tras situarse en un lugar de privilegio de la escena musical internacional al ganar en 1966 el primer premio en el muy prestigioso Concurso Internacional de Piano de Leeds (Reino Unido).

De ahí que, desde finales de los años sesenta, el gran pianista cordobés fuese regularmente invitado a participar en los más renombrados festivales de música (Edimburgo, Aldeburgh, Berlín, Praga, Osaka, Ravinia, Filadelfia, Perth, Santander...), con las mejores orquestas (Filarmónica de Berlín, Sinfónica de Viena, Orquesta de París, Filarmónicas de Los Ángeles, Cleveland, Filadelfia, Nacional de Washington, Sinfónica de Chicago, Royal Philharmonic, Sinfónica y Filarmónica de Londres, Filarmónica Checa, Sinfónica de la RAI, Filarmónica de Tokyo, Nacional de España...) y bajo las principales batutas del momento: Barenboim, Giulini, Previn, Maazel, Muti, Abbado, Chailly, Dutoit, López Cobos, Comissiona y otros.

Desde el Carnegie Hall de Nueva York al Royal Albert Hall de Londres, y desde el bonaerense Teatro Colón a la Musikvereinsaal de Viena, en las salas y auditorios más prestigiados de los cinco continentes, Rafael Orozco dejó una indeleble huella con su prodigioso arte interpretativo, convirtiéndose en el más importante pianista español de su época, junto a Alicia de Larrocha y Joaquín Achúcarro, al tiempo que daba continuidad a esa formidable tradición pianística española, conformada por figuras como José Tragó, Pilar Fernández de la Mora, Ricardo Viñes, Pilar Bayona, José Iturbi, Gonzalo Soriano, Eduardo del Pueyo, Leopoldo Querol y, cómo no, José Cubiles, quien fue venerado maestro de Orozco (y de tantos otros importantes pianistas españoles) en el Real Conservatorio de Madrid, en los primeros años sesenta, luego de que el joven artista cordobés hubiese terminado en 1961 sus estudios musicales en el Conservatorio de su ciudad natal.

La vida de Rafael Orozco, corta pero intensa, fue la historia de un artista de raza, poseedor de un excepcional talento musical y de una voluntad de hierro, cualidades puestas al servicio de lo que más apasionadamente amó: el piano. En verdad, su ejemplo de amor y apasionada entrega a la música le convirtieron casi en un mito para una generación de pianistas españoles. Por ello, con su prematura muerte, en 1996, tras inclemente enfermedad y en plena madurez artística, España perdió a uno de sus músicos con mayor proyección internacional, y la música de nuestro tiempo a un intérprete excepcional y carismático.

Nota: Texto extraído del libro de Juan Miguel Moreno Calderón, ‘Rafael Orozco. El piano vibrante’ (Almuzara, 2016).